capítulo 5 CUERPO

Alejandro Thornton
Cuerpo poético concreto
2013

Alejandro Thornton

Buenos Aires, 1970. Su producción visual abarca pintura, gráfica, poesía visual, mail-art, intervenciones y fotografía. Participa desde 1998 en numerosas exposiciones y proyectos nacionales e internacionales, tanto en espacios institucionales como experimentales. Su trabajo en poesía visual fue publicado en numerosas revistas. Publicó los libros Poesía Visual (2007), Problemas gráficos (2008) y Epistolar. Diálogos con Federico Peralta Ramos (2013).

Cuerpos de día

De día, la luz hace realidad los cuerpos y los torna posibles, los convierte en envases y contenidos para crear el mundo. El sol muestra a un hombre en la calle para que algunos soñemos un prójimo, otros un vagabundo, un delincuente, un asesino, una mártir, un suicida, un suicidado, un suicidante, arte contemporáneo, una performance, una aparición, algo que sobra, una sobra, algo que falta, una falta, algo que ocupa demasiado lugar, un no lugar, un pordiosero, un pordemoniosero, un cero, menos que un cero, un error, una enfermedad, el invierno, un futuro, un consejo, una premonición, una horrible advertencia, una forma de evocar lo que somos, una forma de desdeñar lo que somos.

Cuerpos de noche

De noche encendemos alguna lámpara para que el genio de los deseos entretenga a las sombras y disipe nuestras tinieblas, y así poder vernos el rostro, los rostros, el cuerpo, los cuerpos, y prepararnos antes de espantar las cosas y el mundo. No hay nada mejor que la oscuridad para ocultar ciertas verdades.
No hay nada mejor que la luz para ocultar la verdad de ciertas verdades.
No hay nada mejor.
No hay nada.
No hay, no.

Ecos de los cuerpos

Hace años escribí: “La poesía es sólo una odiosa música de cadáveres en danza”. Hoy registro baúles y encuentro fragmentos de espejos que rompí para convocar a la mala suerte, y exclamo: “¡Oh, diosa, baila y canta otra vez!”. Nos abrazamos y mis venas afiladas cortan los reflejos agonizantes, y encuentro mis ojos, porque allí quiero encontrar mis ojos, y hasta mi sangre y mis palabras y un destino que ya no será mío, y evoco un sueño en el que no podía recuperar otro sueño, pero le pedía a ella que me lo cantara, porque ella, sí, sabe soñar, y entonces la melodía y los versos inundan el escenario y comprendo que ella hace posible ese milagro, porque ciertos indicios pueden recordarse únicamente cuando atravesamos el crujiente puente de ecos y admitimos la ilusión o la magia o la incertidumbre de ser otro ser.

José María Marcos

Nació en Uribelarrea, Provincia de Buenos Aires, en 1974. Publicó el libro de cuentos Los fantasmas siempre tienen hambre (2010); las novelas Recuerdos parásitos (2007) y Muerde muertos (2012), escritas con su hermano Carlos; la nouvelle El hámster dorado (2014); y el poemario Haikus Bilardo (2014), con Fernando Figueras e ilustraciones de Matías Berneman. Magíster en Periodismo y Medios de Comunicación (Universidad Nacional de La Plata), dirige el semanario La Palabra de Ezeiza y escribe para Insomnia y miNatura. Blog: José M. Marcos

Viviana Ramos Di Tommaso
Mucor mucedo
Fotografía, toma directa - 2014

Viviana Ramos Di Tommaso

Nació en 1977 en Buenos Aires, Argentina. En el año 2000 egresó de la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón”, y en 2010 obtuvo la Licenciatura, otorgada por el I.U.N.A. Participa en exposiciones individuales y colectivas; se dedica a la creación artística practicando diferentes técnicas, como la fotografía, instalaciones, y producciones con materiales orgánicos.

Lagartos

El auto gira a la derecha pegándose al borde en la curva y se detiene en la banquina. Sus dos ocupantes bajan.
Pobre, dice ella agachada junto al bicho, nunca había visto uno tan cerquita. El lagarto tiene la cabeza cercenada pero el cuerpo, panza arriba, se revuelve pataleando al aire. Las patas se mueven como si siguiera caminando, corriendo, y la cola continúa en un movimiento sinuoso y constante como un limpiaparabrisas.
El hombre no se acerca. Está parado en la banquina mirando a la mujer que, a un metro del cuerpo que todavía se mueve, intenta tocarlo con una rama seca que juntó al bajar del auto. El calor les achicharra los sesos. La sangre del lagarto empieza a oscurecerse en el asfalto. Vamos, dice él, es peligroso estar acá.
No anda nadie, esperá un poco.
El lagarto se retuerce lentamente como si quisiese continuar con su camino, ajeno incluso a su propia muerte.
Tocalo, dice ella cuando las patas ya no se mueven.
¿Para qué? Tocalo vos.
¿Tenés miedo? Está muerto. Tocalo dice ella y ríe.
El hombre dice no y se aleja.
No te enojes, vení.
Él no la escucha, camina al auto, abre la puerta y se sienta del lado del acompañante. Enciende el motor y mueve las rejillas en el torpedo para que el aire helado le dé en la cara. Ella sigue afuera al sol, agachada, es un bulto en medio del asfalto. Él la observa por el espejo. Ella juega con la rama seca sobre el lagarto. Lo empuja, lo pincha. Es infantil, piensa él sin dejar de mirar el retrovisor, media hora perdida por un bicho muerto, por un capricho absurdo, media hora que va a reclamar cuando no haya tiempo, después.
El hombre baja la mirada para poner música. Play. No alcanza a ver la sombra del camión que no se desvía, ni escucha el golpe seco del cuerpo, ni ve cómo la sangre del lagarto se desparrama sobre el asfalto.
La rama seca está quebrada bajo el segundo de los ejes del camión. La mujer no se mueve.

Luciana García

Nació en el 77, es entrerriana. Empezó a escribir a los quince, a su compañera de banco, porque en clase no les permitían hablar. Tenía que entretenerla para que no las amonestaran a las dos. Ahora es la vieja de Lengua y Literatura, aunque sus estudiantes niegan decirle de ese modo. Piensa que es maradoniano hablar de sí misma en 3° persona. Escribe. Escribo cada vez que puedo. El resto, creo, consiste en vivir mucho para poder contarlo.

El Toranado Rodríguez
Sin título
Ilustración digital - 2013

El Toranado Rodríguez

Dibuja a partir del inconsciente utilizando la linea como herramienta principal. Sus imágenes surgen del juego constante de dibujar sin lápiz previo y de la aventura de largarse a convivir con el error como algo sorprendente y positivo.

Como máximo tres

No entiende lo que lee, pero no despega la vista. Es como si tratara de adivinar un mensaje cifrado. Cuanto más lo lee, más se le mezclan los signos. Lo único que arman es la frase que escuchó en el consultorio, Como máximo tres meses. Pliega el papel y lo guarda en el sobre del laboratorio. Le da miedo mirarse las manos. Le parece que ve un gato muerto. Está vestida de negro, con polera y calzas. La única piel que asoma son las manos y la cara. Abre el último cajón del baño y esconde el sobre entre las páginas de la revista con Don Draper en la tapa sosteniendo un vaso de whisky, sentado en un sillón de cuero. Cuando se aburre, mira esa revista a escondidas, como si fuera Playboy. Don la enternece, quiere acariciarlo. Piensa que en poco tiempo no le quedará nada para entregarle a Don.
Andrés entra a la pieza. Ella está frente al espejo. Él se para detrás. Estoy fea, dice. Y él dice lo obvio, que está más flaca que nunca pero igual de hermosa. Ella siente que su cuerpo se multiplica por dentro y no entiende cómo eso puede resultar en menos volumen. Hay una lógica que no está dispuesta a aceptar.
Andrés la abraza. Puede sentirlo duro. Él le habla a la del espejo. ¿Pensaste en lo que charlamos?, le dice. ¿Te gustaría más invitar a un hombre o a una mujer? Una mujer, dice ella. Pero que sea ya, así no tengo tiempo de arrepentirme. Andrés la toma de las muñecas con suavidad. Pero a ella le duelen las articulaciones. Imagina tres cuerpos desnudos reflejados en ese espejo y sabe que le va a ser difícil disimular el dolor.

Evangelina Caro Betelú

Nació en La Plata, en 1974. Estudió Letras en la UNLP. Dirige el espacio de talleres Argos Cultural. Coordina grupos de Escritura y de Literatura desde 1999. Participa en el Taller de Juan Martini en Buenos Aires. Publicó cuentos en tres antologías: Argos. 19 cuentos tripulantes, Vuelta a Casa Editorial, 2011; La ficción es puro cuento, Editorial Elaleph.com, 2012; Narrativa V, Editorial de la Comuna, 2012. Colabora con la Revista Kundra donde escribe sobre literatura..

Lucas Mascaro
Sin título
Tinta sobre papel. 2014

Lucas Mascaro

Nació en Buenos Aires, en 1981. En 1995 formó una banda e indagó en la contracultura Punk, la autogestión, el "Hazlo tu mismo " y los fanzines, donde se interesó por los discursos gráficos y textuales, y el collage como herramienta expresiva. En el 2001 Ingresa a la FADU y egresa en el 2007 con el título de Diseñador Gráfico. Desde el 2006 traspuso su búsqueda estética a la piel y se desarrolla como tatuador. Trabaja freelance y siempre que puede participa en exposiciones y convocatorias de artes visuales.

La miopía te interpela. Me refiero a la miopía declarada, con graduación y todo. La miopía avalada por un especialista. Además, los miopes no vemos, claro. Una vez, en el Sur, caminando con una amiga, me confundí a un pato con un hombre. Estábamos perdidas y vi en ese pato a nuestra salvación. Corrí al grito de: “Señor, señor”. Mi amiga no me va a dejar mentir. La miopía es primero de uno y después de la ciencia. Entonces, frente a este hecho, hay que hacer algo. A los ojos hay que ponerles algo. Anteojos, en la mayoría de los casos. Pero ahí se abren varias cuestiones. Los pierdo todo el tiempo. En cualquier lado, pero sobre todo en mi casa. Es curioso, porque sé perfectamente dónde dejo las llaves pero nunca dónde dejo los anteojos. Usar anteojos, además, te inhabilita a usar otras cosas. Aros, por ejemplo. Muchos objetos en un mismo lugar. La cara es una superficie demasiado pequeña. Las lentes de contacto no las tolero. Entonces, como mi única solución para la miopía son los anteojos, tengo que renunciar a los aros. Todo junto, no va. Si uso todo soy igual a la Vicedirectora de mi escuela. Su cara comprendía lo siguiente, empezando de arriba hacia abajo: rulos de peluquería, una frente chica, anteojos que dejaban ver, muy pero muy atrás, los ojos con sombra celeste, la nariz, la boca pintada siempre de color rojo, y, a los costados, unos aros largos y enormes. Pero la Vicedirectora se caracterizaba, además, por algo que nunca volví a ver. Y me fijo mucho en las caras, sobre todo si llevan anteojos. Tenía unos agujeros gigantes de tanto llevar aros pesados. Era como si los aros, después de años de carrera docente, le hubieran dejado una impronta difícil de no observar. Los aros de la Vicedirectora llegaban después de un largo recorrido del agujerito del lóbulo. Era arduo mirarla a los ojos (a los anteojos) después de eso. Era mucho en un mismo espacio. Una cara promedio mide, desde la base del pelo hasta la punta del mentón, 176 mm. No lo digo yo, lo dicen las estadísticas.

Solana Landaburu

Es licenciada en Comunicación Social, dramaturga y directora de teatro. Entre sus obras se encuentran: “Yo no miento y así me va”, “Oeste. La gente tiene cosas en la cabeza”, “Picnic 1955. Contra todas las bombas” (escrita junto a Diego Kogan) “Los fines últimos exceden a todos y cada uno de los miembros de esta organización”.

Isabel Estruch
Sin título
Fotografía, toma directa - 2013

Isabel Estruch

Nació en Avellaneda en 1977. Es diseñadora de imagen y sonido (UBA). Trabaja como docente. Es la editora de arte de la revista Efecto Kuleshov. Web: Isabel Estruch

Mientras viví en el extranjero por mi doctorado nos comunicamos por skype. Hablábamos día por medio, a veces más, siempre de noche, cuando ella volvía de su trabajo en la planta potabilizadora. Nos contábamos cosas, nos decíamos otras y hacíamos planes para el futuro. Una noche me habló de su enfermedad. En la pantalla, sus lágrimas eran pixeles un poco más brillantes que los demás. La consolé sin decir nada sobre ponerse bien. Hubiera sido mentir: esa nueva rara enfermedad era incurable. Si dije que de algún modo todo se iba a arreglar, ya no lo recuerdo. Después de eso hubo noches buenas y malas. Íntimamente creíamos que nunca íbamos a volver a vernos cara a cara. Un buen día se conectó a skype de muy buen humor. Sonreía. Me habló de los clones que se usaban en la planta. Dijo que con una partícula de tu adn te podían hacer un cuerpo nuevo y sano. Dijo que todo estaba resuelto. Pronto ella murió y el cuerpo clonado tomó su lugar. Yo seguía en el extranjero. Hubo algunos cambios, nos distanciamos. Al año terminé mi doctorado y volví. La encontré distinta. Su piel, sus ojos, sus curvas eran los mismos de siempre, pero había cambiado: estaba y no estaba ahí. Recompusimos las cosas, pero seguí pensando en dejarla. La situación viró abruptamente cuando su fantasma se me apareció en sueños. Me explicó que la ella que estaba ahí conmigo era ella pero no era la misma ella. Me rogó que no la abandonase. Sus lágrimas no eran pixeles. Juró que desde la zona del más allá en que estaba detenida, su alma sin cuerpo sentía todo lo que yo le hacía a su cuerpo clonado sin alma. Me casé con su clon y le hice el amor durante años pensando en su fantasma. A menudo el fantasma se me aparecía en sueños pidiendo más, aunque jurando que todo aquello aumentaba su sufrimiento. Un día dijo que me extrañaba. Hacerla feliz era difícil. Cuando murió por segunda vez, años después, enterré el cuerpo calcado junto al original. Su fantasma no volvió. De eso ya hace años. Podría decirse que la extraño.

Tomás V. Richards

Buenos Aires, 1983. Publicó cuentos y artículos en varias antologías y revistas. @TVRichards

Guillermo Darío Roca
Escindido
Digital 2013

Guillermo Darío Roca

Nació en 1974 en Bernal, Pcia. de Bs. As. Se inició en las carreras de Diseño Gráfico, y luego en Filosofía en la U.B.A. Del año 2001 hasta el 2008 cursa la carrera de Licenciatura en Artes Visuales en el I.U.N.A. con orientación en Pintura. Web 1 Guillermo Darío RocaWeb 2 Guillermo Darío Roca

Manos

A., que no soporta cosas tan redondas como su abdomen, dice “yo siempre miro las manos”. Una vez soñó con una de mis manos, sólo una, blanca, cubierta de brillitos, otra vez hablamos de las manos de J., eran enormes, monstruosas, yo pensé en el pequeño lunar en el costado de su anular derecho, cuando me tocaba con ese dedo.

Pies

C. me contaba, no le gustaba pero él a veces le pintaba las uñas de los pies, pensé en ella, en él que no lo conocía, me imaginé un banquito oxidado, un tapizado de flores protegido por un hule grasiento, sus pies que de repente me parecieron enormes en las delicadas manos de él, intentando no manchar el hule de rojo e ir uña por uña esparciendo gotitas de sangre.

Cuerpo

S. me preguntó, por eso tuve que pensarlo bien y le conté de todo su cuerpo, su cara colorada, flojita por el miedo, su pelo, “ahora es más seguro” le dije, la cara, el pelo, no van a caerse, los hombros no tienen picos inapropiados, podés deslizar cualquier cosa que ruede por ellos, su pene es tibio, sus piernas largas, sus pies caminan con saltitos, como si tenerlos apoyados en el suelo mucho tiempo, le quemara.

Manos

L. habló de manos de pianista, me pareció un comentario absurdo, ya que se refería a una criatura de nueve meses, yo guardé silencio, iba a prestarle mi pulgar para que lo agarrara, lo mordiera, lo chupara, podía hacer con él lo que le diera la gana.

Pies

N. al borde de la pileta, a una hora donde ya estaba nublado, contempló con desasosiego que los dedos de sus pies eran arrugados, se preguntaba por qué, no tenía respuesta, le conté de mis pies, no eran arrugados pero tampoco eran gran cosa.

Cuerpo

H. habló de cuerpos suavizados y cuerpos angulares y armó dos equipos, me dijo “a vos te gustan los hombres con cuerpos suavizados y a mí con cuerpos angulares”, no la contradije como me gustaba hacerlo, a dónde iba a llevarnos esa discusión.

Luciana Ravazzani

Nació en Buenos Aires el 31 de mayo de 1981. Es licenciada en Psicología. Publico los libros de poemas El ombligo de las naranjas (Pánico el Pánico 2011) e Intenciones de hablarte (Pánico el Pánico 2012).

Gabriela Varela
Sin título
Ilustración digital, 2014

Gabriela Varela

Nació en la ciudad de Buenos Aires, en enero de 1980. Trabaja como guionista y es aficionada a la ilustración digital. Si alguna vez termina una novela le gustaría poder publicarla. En caso de ofrecer mecenazgo tiene varios proyectos en carpeta. Ideas para largometrajes, libros álbum en colaboración y reversiones de canciones pop. Blog: Gabriela Varela

La Edad de Oro

Esa semana cambiaron los maniquíes. A los viejos, que ya estaban demasiado blandos, las articulaciones se les habían debilitado y las cabezas se les doblegaban por el cansancio, y debieron ser sostenidos por muletas improvisadas con tablas de nieve y bastones de esquí. A uno se le vencieron las rodillas y se desplomó en la vidriera en plena hora pico. Los más nuevos, en cambio, tenían en sus ojos y sonrisas un brillo colmado de vida, como listos para salir a conquistar el mundo. Claro que esa es la actitud que todo jefe prefiere en sus subordinados, así que a los más viejos los retiraron de las vidrieras, les quitaron las ropas y los amontonaron en el frío del depósito a esperar a que se los llevaran para ser derretidos. Allí, en ese ático oscuro donde no hay cámaras, conocieron el horror. Uno de los empleados quemó los ojos de los niños con cigarrillos que fumaba a escondidas. Otro se masturbó con una de las mujeres y luego se limpió con su cabello. Cuando finalmente los fueron a buscar, los empleados los encontraron desnudos, amputados, abrazados, unos encima de otros y extraños a la luz, como si en ese infierno oscuro la hubieran olvidado para siempre. Separar la maraña de cuerpos les resultó más costoso de lo que hubieran esperado pero al fin, a falta de la misma fuerza que los había condenado a ese lugar, los maniquíes cedieron. Uno tras otro fueron arrastrados y arrojados dentro de la traffic todavía en marcha estacionada frente al local. De pie en las vidrieras, los más jóvenes no prestaron atención al espectáculo que se daba frente a sus narices y que algún día sería su propio destino: la obsesión por atraer la mirada de los transeúntes los obnubiló. Así, la traffic se llevó consigo a los viejos para derretirlos y con ese caldo hacer nuevos y radiantes maniquíes; su historia se perdió por siempre en las lagunas del olvido industrial y ya nadie volvió a saber de ellos.

Fernando Adrián Pedernera

Es escritor, músico y docente. Hizo taller de escritura de Claudia Piñeiro desde 2007 hasta el 2012. Miembro del Club Mundo Porno, del TallerZito, del Ciclo de lectura Los Fantásticos y de Artistas Organizados del Partido Pilar. Sus cuentos y delirios pueden ser hallados en varias antologías, entre ellas 13 (2011) del grupo Alejandría y Libros de la Nueva E-ra (2013), de Eudeba.

José Saccone
Marcos / Infinito
Acrílico sobre lienzo, 2011

José Saccone

Es diseñador gráfico de la Universidad de Buenos Aires y docente durante ocho años en las cátedras de Tipografía y Diseño Gráfico de la misma institución. Su desarrollo profesional tuvo lugar tanto en el ámbito académico como en empresas privadas. Participó en diversas exposiciones en Buenos Aires bajo el seudónimo de Toki (colectivo artístico) y a partir del 2009 ha indagado en las artes plásticas, distanciándose de las herramientas informáticas y adoptando materiales tradicionales.

Lo normal en este tipo de cosas

En la web, para todo el mundo yo sería sultandeurquiza, tal vez sin súbditos pero bueno, a mí qué, si después de todo la cosa era conocer mujeres. Al crear el perfil mentí un poco, aunque, pensé, no más de lo normal en este tipo de cosas. En cuanto a mi búsqueda, hice la elección sin pensar que mi combinación predilecta resultaría en semejante lista, un vértigo de páginas y páginas de "morochas pulposas algo rellenitas", todas a mi disposición. Escribí a varias de ellas hasta agotar los mensajes habilitados para cuentas gratuitas; envalentonado, pagué una suscripción y escribí más, hasta que también consumí los mensajes pagos. Decidí esperar: alguna tenía que responder. Ansiedad, desesperación, angustia, y unos días después, en medio del desánimo, recibí un mensaje. Hotchickmary, que demostraba cumplir, y cómo, con los requisitos de mi harén digital, quería conocerme y enviaba una foto de sus vacaciones en la playa. Algunos mensajes después supe que ella era lo que buscaba. Sin embargo, parecía no querer decirme dónde vivía, tal vez por miedo, pensé. En todo caso, no iba a preguntar nada que no surgiera solo, porque tampoco quería que me preguntaran demasiado. Con ayuda de un programa logré ubicar el origen de los mensajes: Changdu 147, Tianjín, China… y a mí qué. Sin aviso, fui a buscarla. Al llegar, Jinglian (¿Julián? Jinglian, Jinglian), un chino de veinticuatro años me dijo, en un respetable castellano, que lo lamentaba, que él era hotchickmary, susannegirl241, hornyloraine y otras más, y que durante las horas muertas de su empleo full time respondía mensajes, por un dólar la hora y con frases predeterminadas, a los suscriptores del sistema. De mí no dijo nada en especial, y si bien yo sentía la lógica decepción de no haber encontrado allí a la morocha pulposa algo rellenita de mis sueños, no lo demostré. Al fin, le dije que viniera conmigo, y prometí pagarle el doble de lo que recibía como hotchickmary. Él, feliz, aceptó.

Ariel Pichersky

Nació en Buenos Aires en 1989. Es autor de los libros de relatos Un deporte hermoso (2014) y El corto verano de los hombres (2013), y de la obra de teatro breve La patria liberada (2014). @Pichersky

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